LA
LEYENDA DE LOS SIN NOMBRE:
DE
“MEDICO DE PUERTA” A Urgencíologos
Jorge
López Pérez – Presidente de ASMUA
14-7-05
Cuenta la leyenda que a mediados del siglo pasado existían unos profesionales
conocidos como “médicos de puerta”, que ejercían sus
funciones en las entradas de los hospitales y que extendieron su territorio a
ambulatorio y vehículos de transporte medicalizado. Con ellos trabajaban ATS/DUE,
también profesionales sin nombre, ni especialidad que reconociera su trabajo.
Junto a ellos convivían Auxiliares, Administrativos, Celadores y miembros del
Cuerpo de Seguridad, compartiendo la ardua tarea de mantener abiertas aquellas
“puertas” las 24 horas del día, 365 días al año.
Cuentan, que el mal trato psicológico y la falta de reconocimiento, fue
mermando sus filas y a finales de siglo comenzaron a tener problemas de
cobertura en sus puestos de trabajo, que se resolvía con un aumento de su
jornada laboral y con contratos basura que los equiparaban a nivel retributivo,
a las clases más bajas de aquella sociedad.
Al territorio le llamaban las “galeras” por su infernal trabajo y su
similitud con los esclavos romanos que surcaban los mares del Imperio.
Dice la leyenda que se organizaron varios grupos de resistencia, que intentaron
ser marginados y aniquilados, por el simple hecho de reclamar unos derechos que
parecía ser, que los “sin nombre”
tenían prohibidos por motivos nunca bien aclarados, pero que según los
historiadores, se debía a los intereses de grupos de fuerza bien establecidos
que deseaban invadir aquel territorio para expandir sus poderosos servicios y
controlar aquella fuerza naciente, que amenazaba en convertirse en la fuerza
numero uno de una medicina burocratizada, politizada y colapsada ante la falta
de respuestas que demandaba su sociedad. Todo ello empeorado por la existencia
de clanes herméticos que solo servían a sus intereses y que habían roto
aquella antigua unión de la medicina, considerada como un arte, que se acabaría
transformando en un patético cuadro cargado de datos, números e intereses.
Poco antes de que comenzara su extinción fueron sometidos a una OPE que
optaron en llamar extraordinaria, no se sabe bien, si porque les estaban
haciendo un favor no merecido o por su extraordinaria lentitud, cargada de
innumerables errores y con un trato humano próximo a la humillación.
Algunos historiadores de la época que vivieron aquella OPE dicen que debería
ser bautizada como la OPE de los veteranos de guerra, por la edad de sus
participantes, que por primera vez se les reconocía su existencia, después de
mas de 20 años defendiendo aquellas puertas que no quería nadie y de pronto se
convirtieron en el objeto de deseo de servicios y sociedades que se llamaban
científicas, que sin entrar en su propia definición conceptual, pretendían
adueñarse de espacios y tareas que
por mucho que intentaran justificar, no tenían nada que ver con ellos.
Así empezó una larga batalla, falta de cordura y solo justificada por los
intereses de unos pocos, que duro largos años, en un peregrinaje digno de
caballeros templarios en busca de la especialidad soñada, no como un titulo
acreditativo sino como el reconocimiento de una labor realizada y la respuesta a
una demanda social que día a día demandaba mas la existencia de los “sin
nombre”.
Los políticos no se ponían de acuerdo. Los jefes territoriales acaban
de aterrizar en un campo de batalla que llevaba 20 años ardiendo y no sabían,
no podían o no querían definir sus posturas. Las sociedades más poderosas
cercanas a urgencias, pero sin lazos de unión con ellas, conspiraban para
ampliar su área de influencia. Los jefes hospitalarios y extrahospitalarios
preferían mirar al norte de la productividad e ignorar el ardiente sur que
acabaría estallándoles en la cara. Los sin nombre, amenazados toda su vida,
ignorados y clasificados como personal de 2º categoría, luchaban por asegurar
sus posiciones y poder salir de esa angustiosa falta de libertad y
reconocimiento que vivenciaban todos los días.
Ahora, después de la OPE de los veteranos de guerra, los sin nombre,
veían un futuro sombrío para su territorio, tan deseado por otros en aquellos
tiempos: “No había relevo”, las urgencias volvían a convertirse en una
parada de paso, hacia otra especialidad. La diferencia de edades no permitía un
relevo adecuado y muchos sin nombre comenzaban a
retirarse a la primaria o iniciar su éxodo a otros países cercanos.
Lo que debería ser el servicio numero uno en prestaciones, rapidez y eficacia,
cargado de profesionales entusiastas y orgullosos de sus función social, volvía
a caer en la desesperanza de un futuro incierto en manos como
siempre, de gente que jamás había pisado el territorio de urgencias. Por último
las sociedades rebeldes, exhaustas de tanto clamar en el desierto, hacían lo
indecible para solucionar un problema de infantil solución, que los invasores,
lógicamente se negaban a ver y aceptar.
Con la llegada del nuevo siglo el enfrentamiento parecía inevitable,
solo el destino y un golpe de sensatez de algunas mentes retorcidas podrían
evitar el caos más absoluto. Pero eso es otra historia.
Hoy muchos años después, la especialidad de urgencias es una realidad
y a los médicos de puerta, los llaman urgenciologos. Forman el servicio
más poderoso y son respetados y queridos por la sociedad actual. Ignoramos dónde
acabaron aquellos sufridos y valientes sin nombre, pero queremos
agradecerles los urgenciologos de hoy, toda su lucha y su resistencia. Fue esa
creencia en un futuro que sabían que no iban a ver, lo que ha hecho realidad un
sueño que clamaba justicia desde sus comienzos. Nosotros seguiremos defendiendo
aquellas profundas ideas, que nos han dado la independencia y la identidad.